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Todas las pastillas cayeron al suelo

Foto del escritor: Andrés Borbón
Andrés Borbón
23 ago
5 min de lectura

Actualizado: 29 ago


Audio de Narración | Todas las pastillas cayeron al suelo | Andrés F. Borbón

Todas las pastillas cayeron al suelo. Las contaba una y otra vez.


—Una, dos, tres… una, tres, no, no… dos, tres —tomó un gran respiro y pensó que no debía dejar que su mente lo jodiera.


¿Acaso eso no te lo dijo tu amiguita Sandra? Le retumbaba en la cabeza esa vocecita consejera (consejera de mierda para él) que lo único que hacia era embotarlo de a pocos en mayor medida. Pues para él, no era su conciencia diciéndole que debía hacer, sino que era el mismísimo diablo que se había apoderado de tan cuerda mente; si se puede decir cuerda, puesto que, así lo era antes de que toda su vida se hubiese convertido en un gran lío, o no un lío, sino en una melcocha de ideas, tanto buenas como malas o como él prefería decir: macabras. Las cuales le impedía bastantes veces organizar ideas para sonar tan sorprendente como lo ensayaba en casa antes de salir. Así también, sorprendente como lo ensayaba unos 30 segundos antes de dar una respuesta certera a lo que le ordenaba su jefe Jenny. Que tristemente al final no era una respuesta ni muy concisa ni tampoco muy directa, puesto que, él solo asentía finalmente.


Mi boca esta seca de nuevo, se dijo a sí mismo en cuanto noto que ya había puesto las 2 pepas en su lengua. Esas pepas lo tenían completamente aburrido, a decir verdad, las aborrecía por completo. No era necesario tener un mejor rango que un epsílon para darse cuenta que el funcionamiento de esos psicofármacos no eran gran cosa. Solo te sedan y no te dejan sentir el miedo de tu mente, aún así, los pensamientos no se van, decía él a su amiga Sandra.


Tomó el pocillo lleno de agua hasta que este se rebosaba de aquel líquido todo lleno de oxidantes y mugre de ratas de alcantarilla, y entonces, trato de tragar, pero se devolvió toda esa agua junto con las endiabladas pepas, por lo cual tosió, tosió y tosió. Su cuerpo al parecer estaba reacio a escuchar a dicho diablo —mencionado dos párrafos antes—, por lo cual dio hijueputazos al aire y contó.


—Uno, dos, tres… uno, uno, dos, dos… dos, tres.


Ya casi lo logras Cristian… Inténtalo una vez más. Hacia las veces de consuelo consigo mismo. Funcionara o no, la realidad era que lo calmaban. 


Tantos días, tantas semanas, tantos meses, tantos años, tantas décadas y este pobre hombre lo atormentaban las mismas “ideas” de hace 30 años. No es justo, recordó como le gritaba a su madre diciéndole que no era justo que mientras la otra gente estaba cagada de la risa en sus historias de Instagram, Facebook y WhatsApp, aparentando una vida perfecta, que por cierto, la aparentaban de la mejor manera, ya que, todos se comían el cuento, tanto, que inclusive algunas personas no se cansaban de decirse una y otra vez que querían la vida de este influencer o de aquello. Era tan injusto, que tanta gente hubiese pasado por problemas tan terribles o como él, un tiempo realmente “bendecido” viviendo, sin haberse dado cuenta de su dichosa vida, sino que tan solo pasando todo este tiempo en piloto automático. Había tomado un día el timón de su vida y se le había olvidado mirar por el paisaje, porque por estúpidas razones de esta vida sempiterna (sempiterna al igual que sus ansiedades y temores) solo había puesto su vista, cual caballo que solo se le permite ver hacia enfrente, en una colina que quedaba bastante lejos. Esa colina que traía las recompensas de una persona trabajosa, disciplinada y constante. La colina ya había sido alcanzada por un gran número de personas, pero aún no por él. Miraba un lado y a otro en ese pequeño cuarto en el que se encontraba y se decía: ¡Quiero la puta colina en mis manos!


La colina traía consigo: títulos, experiencias, personas (fatuas y envidiosas) y placeres (cortos pero con un éxtasis demencial) que después de haber reclamado el gran premio de la copa de dopamina, se disponía abrir la champaña y regarla hacia todos sus fans o compañeros… fans o compañeros que le habían dado una patada por el culo y ahora decidían mantenerse en la distancia, siendo los “mejores amigos” que algún día dijeron que lo serían. Después de todo, nuestro personaje no le daba rabia ni tristeza que se hubiesen alejado, ya que, por lo menos… estos no se habían llevado la mejor parte de él: su pensar.


De algo estaba seguro, ese tal “Charles Manson” —el cual tuvo una banda con gran cantidad de personas, a las cuales convenció con toda su labia y su increíble manera de persuadir gente con bajo sentido de criterio— estaba completamente loco, excepto por una cosa: su pensar.


La cárcel física a la que cualquier antisocial puede entrar y jactarse de sus delitos, está a la vuelta de la esquina. ¿Pero que es de tu mente, de tu sentir, de tu convicción? Obviamente, para nuestro personaje, algo era oculto y era algo a lo que ni el mas grande de los hackers se atrevía o siquiera, tenía la destreza, para ingresar: su pensar.

Entonces sacó ventaja de “su pensar” y se paró en el marco de la ventana con los pies descubiertos; sin medias, sin babuchas y sin zapatos.



Comenzó a sentir que la vida era más real ahora. Pues todo movimiento que se dignaba a hacer ahora era superiormente real a lo que era anteriormente.

Comenzó a sentir el verdadero helaje de las noches bogotanas. Había visto varias fotos de paisanos en el pasado que llevaban ruana, gorros y demás. Y no había podido evitar pensar que eran imágenes exageradísimas, pero… ahí parado en el marco, los comprendió.


Comenzó a desear besar el suelo de a pocos.


Todo lo que había visto repetidas veces en sus sueños, estaba comenzando a ser real. Cada inhalación y exhalación se hacía más fuertes, o eso creía él, la realidad era que las escuchaba con un oído más aguzado y atento.


Tengo casa sola, ¿quieres venir? Se efectuó la pregunta a si mismo y no pudo parar de reír. ¿A quién le habría hecho esa pregunta: a Sandra o a Milena? Buscaba y asimismo iba encontrando recuerdo por recuerdo y se montaba unos escenarios completamente ficticios pero sin duda apacibles, y entonces su pensar por poco lo engaña, ya que, por un momento había olvidado que estaba en el marco de aquella ventana.


Entonces escuchó ese grito que no va hacia fuera de la garganta sino para adentro, un poco gutural al mismo tiempo.


Volteó su mirada al lado izquierdo de donde estaba y la señora Carmen (que Dios la bendiga pensó él) estaba partida en pedazos del susto, apenas podía sentir como la sangre le subía a toda la cara, apenas marcado por ciertas líneas de expresión, arruguitas que traen consigo los años, pensó uno de esos días él.


Entonces todo el conjunto se volvió un espectáculo. Había murmullos por aquí, murmullos por allá, y gritos de susto. Pero a pesar de todo esto, nuestro personaje no se dejó aculillar.


Así, una gran mezcla de colores surgió en toda su mente, vio: tonos azules, rojos y amarillos, y algo así como un violeta bastante claro, que le recordó al olor de mora en los cuadernos de su amiga Pilar en segundo grado. También, por supuesto, percibió olores y sensaciones que nunca las hubiese imaginado concebir.


Por lo que contó en voz alta:


—Uno, dos, tres… uno, dos, tres… uno, dos, tres.


Entonces lo descubrió: su mente por fin estaba en orden.


Por lo cual, besó el suelo.


2 comentarios


Juan Pablo Borbon
Juan Pablo Borbon
27 ago

Yo diría que es un texto bastante psicológico y oscuro, que muestra cómo una persona puede quedar atrapada dentro de su propia mente. Me gusta mucho cómo mezcla la realidad con los pensamientos del personaje y cómo la repetición de los números representa su intento de encontrar orden en medio del caos.

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Andrés Borbón
Andrés Borbón
29 ago
Contestando a

Gracias por tu comentario, bro! Sí, el recurso de repetición de los números hace parte del quedar atrapado en el caos.


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