Este Certamen De Dolor Interno
Actualizado: 23 ago
Encontrarse y luchar por dejar el papel manchado de tinta me hicieron huir, escabullir y
encontrar la voz que no pude articular, noche tras noche donde se me preguntaba
constantemente: ¿Cómo estás? ¿Estás bien? Te noto perdido. A lo que respondía
escasamente con un frío, sí, por supuesto que estoy bien, ni ella ni yo negamos que la
realidad fuera otra. Constantemente las manos me temblaban y tiritaba el pedazo de
corazón con el que puse en bandeja de plata a quien quisiera recibirlo, la falta del amor
propio movieron sus cartas haciéndome sentir despreciable e inaudible para el mundo.
Siendo mi corazón lo que más perduró en el fondo de la vacuidad, latiendo como soplo
de vida para seguir respirando.
Constantemente las piernas flaquean y dejan en un hombre el reto de estar de pie, sin
siquiera tener aliento de caminar.
¿Quién busco más esto que yo?
Siendo así, dejé recorrer lágrimas por mi rostro mientras los demás lo hacían junto a mí,
sin percatarme que no me hundía solo, y qué, la soledad camuflada de necesidad
emocional no es más que un tiro con rifle de alto calibre que traspasa cuerpo tras cuerpo;
corazón tras corazón; vida tras vida; y el vacío mismo.
Encontré una vez más a quién dije me definiría, a quien dije, me haría ser yo, a quién
dije, cuidaré esto y lucharé por esto, sin saber que estar hundido buscando la ayuda de
alguien lejano, lo haría cercano y volvería a demostrarme una y otra vez en mi, lo poco
que tenía para ofrecer.
—Recoge tus cosas y sal de una vez —como un suspiro, como un susurro salieron las
palabras que calaban el cigarrillo y el poco aliento que quedaba para un corazón
destrozado en esa noche.
Fui quien alguna vez recorrió ese cuerpo con la yema de su dedo índice, aplicando la ley
de la inteligencia y el conocimiento. Hablando sin parar y diciendo lo imparable del
carácter del leer, del carácter del escribir, del aprender, hablar, transmitir... que como arte
de imágenes dolidas solo hundieron más al hombre que decidió amar y como mala
decisión a sí mismo, lo hicieron preguntarse varias veces, ¿Qué esperas?, ¿Qué buscas?
—¿Qué es lo que quieres? —jaló su cabello hacía atrás de la desesperación.
Así veía su cuerpo como un lienzo en blanco que me daba tiempo para suspirar y preparar
las nuevas palabras de un profundo sentir alejado del mundo y cerca de las personas que
pasaron por la tinta de un rumiante que trataba de descansar, y que a cada nuevo
sentimiento de amar se echa a sí mismo un cítrico al carecer de alguna cura. Estas dos
realidades de cercanía y lejanía no colindaban con sentido, sino con un sin sabor de
objetos y regalos que mis silencios ante cada nueva pregunta prendían en fuego y
recortaban más, más y más las cuerdas vocales que alguna vez dijeron amar.
Me revuelco así, entre mi mentira y mi verdad, quién habla miente, pero quien calla hace
a la imaginación percibir el silencio como verdad, ¿ese silencio qué dice?, cada quién
dotado de una mente artística podrá decir lo que imagine, siendo esto así... ¿mentí o fui
veraz? ¿Qué es lo que quiero?
Quisiera dar respuesta a qué fue lo que respondí a la sentencia de un agotamiento y una
cabeza que no soportó más la pesadez de una persona que no tiene adónde ir, ¿adónde iré
a parar?, fue lo que mi mente pensó constantemente y fue lo que me hizo tomar mis
cosas y empacar los libros en la maleta que llevaba adonde fuera, me decían ¿Por qué
siempre cargas con esa maleta? Nunca dije que debían saber que para donde fuera debía
estar listo para empacar, para empacar al menos mi corazón, que nunca lo hice y sonó
como un eco en las cavernas de la distancia que dan los mensajes que no se leen y que da
el caer de una carga pesada, sí, debí empacarlo, tal vez solo así hubiese podido
descargarlo en algún sitio, pero al no estar en algún lugar solo queda llevarlo siempre
conmigo.
—Amarte es desgastante—Volvió a atacar con una inhalación que me quitaron las ganas
de comer y las ganas de volver a despertar, las ganas de siquiera pensar en que debía
poner mi cabeza en una almohada, soñar y dejar que volviera a despertar del sueño
insoñable que nos hace a los artistas tan apegados a lo que escribimos, el ir y venir de los
pensamientos que atañen la ceguera de quién siente y se permitió alguna vez ser sentido.
A este punto comprender a un psicótico es algo simple, pues vivimos en una sociedad
enferma donde nos ofrecieron mensajes y publicaciones instantáneas, usadas tristemente
mal; equívocos somos; irracionales y pasivos agresivos que herimos con cuchillos de úle.
El cigarro en este momento me tiene la boca pastosa y la mente dolorida, quisiera hablar
y gritar, pero para alguien que ha sido solitario desde los 14 años ¿eso ayudaría? ¿acaso
importa? Qué importa el pensar; en este mundo lo que prima son los pensamientos
vacuos que muchas veces surgen del imaginario de las personas que se embarcan en el
camino sin fin de sus fantasías, y que por eso me descuido siendo una de ellas, creyendo
imaginar ver verdad, cuando lo que se tiene que creer debe ser primero, más que
cualquier cosa, algo inequívoco, y menos aún, algo que la perspectiva defina.
Escribir ahora es doloroso, da jaquecas que se transforman en una carta a lo que el
inconsciente grita decir y ser escuchado, para oídos sordos míos que claman una empatía
que no quiere divisar ser cierta.
Ser cuerdo es mi narcisismo como escritor y entretenimiento que busca respuestas como
lector que traga páginas con los ojos rojos de la migraña.
Cuántas; cuanto; cuantos papeles he echado a la basura pensando que quedarían en el
pasado olvidado de un traste, donde buscaba reemplazar la maldad del mundo y la mía
con un no retorno. El haber llegado a este mundo y haber mirado al cielo, comprender
que soy una partícula con más partículas, me ha podido hacer ver lo mínimo que soy y lo
máximo que me valgo. Tal vez sea orgulloso y apático para el mundo y empático solo
para mí, tal vez no piense en su totalidad en los demás y piense a la vez tanto en ellos que
me tienen escribiendo este certamen de dolor interno.
A punto de morir me encuentro, no sé hasta qué punto mi cerebro dará para seguir
nutriendo mi obra que la grima carcome. Si decido ser alegre no será más que un parche
en una rueda, pues hay tantos agujeros que el soplo de vida sale y no deja más que un
cuero nocivo que se perjudica a sí mismo. La gente pasa, ellos hablan, compran helados y
ríen, mientras un tinto que se acabó abre los poros de mi piel pidiendo ser lavados, puesto
que ducharse ha sido tarea difícil; vaya que lo es. Vaya a donde vaya habrá siempre una
hoja y un papel que me pondrán el disfraz de una mariposa que con el primer aleteo caerá
al piso, no es más que un disfraz a fin de cuentas.
Me tiemblan las manos y se me zarandea la cabeza, y el corazón no lo siento, no se cree
ni crea más que aliento de vida para que las manos tiemblen y la cabeza se zarandee. Me
dijo un amante que yo escribía más que para relatar, escribía para desahogarme. Lo
critiqué y ahora más que nunca entiendo que mi razón de ser artista es escribir, ser leído y
que alguién pueda hojear estas páginas y al menos entrecerrando los ojos lagrimear junto
a mí.
Todo se trata de aprender y ser resiliente, volviendo así al punto inicial antes de la
catástrofe y el dolor, y así seguir, pero qué de resiliente hay en volver a un punto inicial
donde las emociones y la objetividad fueron incorrectas, entonces ¿Cúal es el punto
inicial del que debo aferrarme para continuar?
Me fui en carro, saliendo de una vez por todas de ese sitio, que sería en unos cuantos días
la casa de una de las personas más especiales que tuvo mi vida, recordando así momentos
donde tenía paz picuda, todo estaba bien afuera y dentro de mi cabeza me distraía con el
amor que mi corazón se liberó a sentir. La primera vez que la vi fue en una tienda de
cadena de literatura, me encontraba entonces tomando la foto a un manga —que me
recordó a un familiar que guardo con mucho cariño en mi interior— y entonces tropezó
ella tratando de esquivar el pie de un niño pequeño que sí lo había visto saltando y
gritando por el pasillo de artes gráficas.
Ese día sí que tenía una vestimenta y una pinta que me pone las mejillas rojas del solo
recordarlo, un pantalón de sudadera verde en algodón y una camiseta deportiva, y vaya,
qué buena suerte el no haberme puesto la gorra deshilachada de mis tardes de fútbol, que
un domingo como ese debía haberla llevado, soy algo olvidadizo.
—Disculpa, ¿Estás bien?... ¡Ay, tu celular! —Subió entonces sus gafas arrugando la nariz,
poniendo también las manos a los lados y mirandome fijamente.
A pesar de recurrir siempre al asentir y al hacer ojitos para que la gente supiera que no
estaba mal, esa vez no lo hice, y la levanté del piso explicando que lo que cayó fue mi
celular o una pierna rota de un niño de 7 años, y la invité a que me ayudara a escoger algo que me sirviera no solo para ver jodidas letras de distintos tamaños, sino también uno que otro dibujito, era como si tuviese las letras impregnadas en la nuca, y todo el mundo leyera en mi que me había quedado en el pasado a pesar de, incluso, ser joven, le
expliqué.
Lanzó una mirada seria, frunció el ceño y levantó los labios dejándome pensando un pues no sea pendejo, ¿cual es el problema? elija uno, y vaya viendo, eligiendo así el manga que llevaría para el cuarto de lectura de mi casa, y también el número de una chica mayor que yo, que no la vence la pena ni los momentos tensos. Demostró que fue una situación vergonzosa, pero aún así pudo sacar un número de un chico más jóven y recomendarle que leer, sin un temblor de voz y siendo directa, sabiendo cuando presentarse, amar, y herir y que me daría cuenta tarde, no sería eso una cualidad, sino un arma.
No olvides llevarte el manga, recordé sus palabras al último segundo de tener contacto
con ella, acostada se había dado la vuelta en la cama y se quedó mirando hacia la
ventana, dándome la espalda. Dejando así mi mente y mi auxilios perdidos no sabía
realmente cuál era su expresión, pero seguramente sería igual que la de aquella tarde: el
ceño fruncido y los labios levantados.
He llegado entonces a casa y escribo ahora, que tengo claro que siempre se puede hacer
algo y siento otra vez que muero, y es totalmente posible, aún cuando estudios han
demostrado que el positivismo y la estima ayudan a la sanación de una enfermedad
terminal. Me deja pensando si sentir puede ser terminal ¿lo es? he tenido dolores y
aflicciones grandísimos, y sigo vivito saltando en mi pie izquierdo... Nunca aprendí a
saltar con el pie derecho, nunca en mi vida de futbolista ¿es acaso una actitud
inconsciente de que el pie con el que llego más lejos es el izquierdo?
No sé si esto llegue a ser leído, pero será la grabación, a la que podré ir y venir cuando
quiera, y pueda saber que el amor que tuve en una librería fue real y no solo causal de
tantas historias de los libros que impregnaron mi mente esa tarde del tropiezo.

Yo diría que este texto me parece mucho más íntimo y emocional que el anterior. Se siente como entrar directamente en la cabeza de alguien que está tratando de entender su dolor, el amor y su propia forma de sentirse. Me gustó mucho cómo utiliza la escritura, la maleta y el corazón como metáforas de todo lo que el personaje carga consigo