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TÁTU

Foto del escritor: Andrés Borbón
Andrés Borbón
23 may 2023
6 min de lectura

¿Dónde estás si no puedo ver?

Sé que están pasándolo bien,

Sé que estás bailando con él

[...]

Ya no puedo verte con otro que no sea conmigo.

“elephant 2” (Rojuu, 2023)



Fumando mi último cigarro frente al bar Rock Til Death, me acordé de ti, y con

un estruendo la risa del amigo que odias me despertó del trance en el que me

encontraba. La ansiedad me carcomía, tus frases dichas en el pasado me hacían

crepitar como el cigarro que me estaba echando esa noche, pensar a veces es

bueno, pero pensar recordando las dagas que me hieren y me hacen sentir fuera

de mí no lo es tanto, más cuando un arma y un suspiro pueden cambiar toda la

historia.


Dejándolos de lado y concentrándome en qué hacer, quise tomar un tinto de

esos que venden las personas bien trabajadoras, dignas de admirar.


Todos los buses pasaban y el brillo de sus luces me encandilaban los ojos,

mientras el dolor y el remordimiento de haber y no haber dicho todos los

<<querer>> que en realidad siento y sentí me retumbaban el ser.


Y no creas que lo olvidé. Aún me da vueltas la cabeza el tatuaje que se supone

me iba a hacer un poco más arriba de la ingle con tu nombre, legiblemente

escrito sin pudor y sin misericordia, siendo así completamente ligado e

incrustado en mi piel, en mi membrana corporal, la que no puedo cambiar, a

menos de que en algunos años pueda cambiar de cuerpo, que la verdad lo dudo

mucho; futurama se les quedaría corto... la tecnología me jode, no sé qué más

podría argumentar sobre eso.


Dime, lindo, ¿eras el que llevaba la gorra beige, una chaqueta abierta y bastante

abullonada? ¿eras tú?, en ese bar pensé en hablarte de nuevo pero... no, ese no

eras tú.


La vida de noche es muy ruidosa, aunque se relacione con que la noche está

para dormir, pues creo que estas noches que vivimos los que acostamos a los

hijueputas que hacen de las suyas con los patrones.


Pobres imbéciles si creen que con mentiras blancas y con poca verdad van a

llegar siquiera a jugársela y conseguir lo que sus fantasías de sicario les arrulla


aquel sentimiento de poder, poder que solo se centra en un gatillo, y ¡bang!

¡bang! ¡bang!


Moriría por decirles que dura más la zozobra y el ánimo de acabar con una vida,

que el hecho y el acto en sí mismo.


En casa me vi al espejo e imaginé que tus manos me abrazaban de nuevo y me

acariciaban con sensualidad los pectorales y justo donde marca el calzoncillo.

Aunque era raro, esa noche no vi las marcas de mi calzón, pero sí las de tus

manos.


Extraño tu tacto. Extraño lo que eras. Extraño lo que fuimos. Extraño no

extrañarte y saber que estarías ahí para cuando llegara a Villa Del Sol,

condominio que ahora solo me dedico a pasear con mi carro de golf llevando

una máscara para que los demás crean que me encuentro en búsqueda de mi

lotecito (el número 22, por si las dudas).


<<Me vuelves loco>> me dijiste a secas y sin pensar claramente en el daño que

me harías.


Eres un hijueputa, si sabías lo loco que me volvías, porque cambias la dirección

de mi sentir, para que yo pensará que era yo el que te volvía loco, y no, tú a mi.


Malparido, si sabías que quería estar contigo toda la noche, desnudos y sin tener

sexo, sino solo hablando y disfrutando nuestro momento de extasís y aventura

de madrugada venidera, fuiste tan descarado de mirarme con ojos de

comprensión y ternura, que me sanaban y me hacían hormiguear los bellos de

los brazos y hasta los de las manos con las que rompí las cobijas de tanto apretar

y de tanto anhelarte, sin querer que el momento pasará.


Te guardo mucho rencor, y sé que si ahora mismo te me apareces en el hall fuera

del baño, todo el odio y rencor se irán, y solo me quedará volver a ver tus ojos

tiernos y que piden clemencia a perdonarte.


Cuanta realidad se encuentra en un espejo. Y cuanta falsedad se encuentra en mi

corazón.


Me veo así: con los ojos achinados y una ojeras que demuestran el correr de la

sangre que se acumula por no dormir y por correrle al sueño reparador que solo

repara el cansancio más no la realidad.


Al pasar mis manos por la cara, noté que sudaba a borbotones. Pero cómo no, si

te siento otra vez detrás mío, apuntando hacía mi, de la manera que los dos

sabemos.


Cosas de maricas.


Un sicario marica, vaya combinación.


En el Ghost Tattoo decidí, no hacerme tu nombre, sino una corchea negra detrás

de la oreja derecha.


Me ardió como un putas la aguja en esa zona escondida y a la vez sensible. Que

ya para las 3 .a.m pasadas la piel empezaba a cicatrizar, hasta que por fin dejó

de hacerlo vi que me susurrabas, que me decías lo que debía y no hacer.


Tu voz me estaba volviendo loco, si ya empezaba a aceptar el hecho de que te

dejaría ir, vuelves en forma de nota músical para calentarme la oreja derecha y

dejarla roja.


Puse un poco de música, y eres un hijo de puta ¿acaso dijiste las palabras que

creí escuchar? no te refuté y sin pensarlo reproduje a los peces del acuario, que

serían triturados en la licuadora de mis recuerdos deformes. ¿Y por qué no

hacerlo? de un modo u otro quieres decirme que sigues ahí, que me quieres even

though. Y ahí seguía: como una perra triste, bailando solamente con la luz del

séptimo cigarro de la noche, que me lo fumé como si fuese el primero en 22


años. Bellos recuerdos, cuando el amor lo podía todo, y el desamor lo podía aún

más. Cuando lo que se construía, se caía a pedazos, rompiendose aún más sus

partes en los cimientos del corto sabor de un halls del negro. Estoy vacío, me

siento jodidamente vacío.


—Dame la mano, lindo —dije.


—El que piensa pierde —dijo y antes de que me diera cuenta, ya tenía sus

manos en mi cadera, y yo las mías en sus hombros—. ¿Sabía que ese tema me

encanta?


—Claro —me acarició las cejas finas y delgadas—. Claro que lo sé...


No pude pronunciar tu nombre, porque en el momento en el que quise expulsar

el aire, supe que nunca tuve pulmones, y el séptimo cigarro era simplemente un

filtro que solo sirve pa’ tres cosas. <<No eres tú, soy yo>>, vaya frase de

mierda, ni los actores que tienen que pronunciar esas palabras se atreven a

creerse tremenda porquería. Los repudio. Los quiero muertos.


Y entonces...


—No llores, negro —secó la lagrima que escurría en mi pomulo izquierdo.


—Creo que me habían dicho que cada hemisferio del cerebro cumple cierta

función para...


—No, no, no... calla...


—Si tan solo pudiese...


Puso su dedo índice verticalmente entre mis labios.


—Lo sé. Lo sé, mi negro.


Cada suspiro que me diste no fue ni un alivio, ni una desesperación. Fue el

último aliento que pudiste dar antes de ver a la gonorrea esa desbordar sus

pensamientos por un orificio rojo y negro, que lo dejarían pensando tanto como

una calabaza aplastada por un bate.


¿Te pareció horrible?, vaya alivio. Para mi eso fue: un alivio. Ya que no pude

correr hacía ti, moveré las fichas para joderle el camino a cualquiera que no me

deje ver la sombra que hacía un gran juego con la mía... Pues sí, ya dejémonos

de güevonadas. Tu me hacías anhelar el despertar y que aunque llevara 15

cuerpos encima, ver esa sonrisita torcida hacia la izquierda y unos dientes

blanquecinos, me hacían sentir que no importaba nada, y por lo que ahora

cargaré con 1 cuerpo más, 1 más o 1 menos a estas alturas ya me da la misma,

siendote sincero, lindo. No, no me calles. Esta vez, no lo hagas. Quiero hablar, y

no con el corazón que me palpita cada vez más y más lento, sino con el corazón

que latía fortísimo por el hombre con barba de 2 días —claramente retocada— y

una quijada perfilada que me raspaba la cara, a penas con el roce mínimo.


El semáforo se ponía en verde y ni lo notaba, tal vez había cambiado tres veces

seguidas, y aún así estaba yo quieto con el freno caliente.


Parqueé el carro. Pité dos veces. Y prendí las estacionarias.


Y que sea un cuerpo más o un cuerpo menos. Da igual. El que se encana siente

más afuera que dentro de la misma celda. El que se encana, se encana; un hecho

en sí mismo que sólo se consuma; nada que hacer o ser, lo que fue fue y será.


Eso besalo.


Hazlo tuyo.


Hazte de él.


Que yo ya estoy apuntando de nuevo.


¿Ya cuántos llevo con este? ¿16? Si, eso creo.


Y ni te atrevas a susurrar o consolarme cuando me acueste a dormir, porque

cuando se oye al TÁTU* dulzón, el gatillo cliquea, y acalla a mar de lágrimas.




(Tátu hace referencia a la pronunciación en inglés de la palabra tattoo, que traducido al español sería tatuaje.)

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